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Aventuras del Cabo Laguna I & II - Manuel Ares

Vivía en el campo, tenía 11 años, cursaba 6º grado de Primaria –iba a la escuela en sulky y acompañado por los hijos del tambero-, estudiaba dibujo por correo en la Escuela Panamericana de Arte –la que agrupaba a los grandes: Breccia padre, Borisoff, Salinas, Pratt, Garaycochea, y otros similares-, cuando escribí y dibujé una historieta en la que los héroes eran dos pilotos civiles argentinos. Porque por entonces, mi niña preocupación era que, salvo escasísimas excepciones, las hazañas en los más diversos países eran realizadas por extranjeros. Todo –o casi- era extraño a mi medio y a mi gente, tanto en las revistas como en los libros (Salgari, Verne, Foster, etc.). Aún subsiste mi preocupación.
A los 12 fui desterrado a la Capital Federal para cursar la Secundaria. De esta traumática experiencia sólo diré que dos profesores de historia y uno de literatura, con más las discusiones sobre historia y política argentina que manteníamos los alumnos (4º y 5º años) me abrieron a un mundo de lectura. Luego vino la Universidad de La Plata y allí, además de amistades entrañables, descubrí varias cosas: la fuerza contestataria del folclore nacional –que era lo que se cantaba en los centros estudiantiles-, la revista Todo es Historia y, lo más importante al objeto que nos ocupa, la sanguinaria maldad que es capaz de desarrollar el antipueblo (por entonces a través del dictador Onganía) y al Peronismo de carne y huesos, el “hecho maldito”. Podría decirse que me topé con el Peronismo en los trabajadores de Berisso por la vía del Negrito Páez, un cordobés guitarrero y cantor que trabajaba en un frigorífico y solía llevarnos a los bailes del club Las Estrellas de Berisso. Allí, viendo y oyendo más que hablando –de qué podía hablarles a aquellos hombres y mujeres yo, que era un supino ignorante- entendí lo que me faltaba entender de la historia nacional, es decir, por qué el Peronismo constituía el verdadero peligro para el poder. Hablo del efectivo Poder en Argentina que no es precisamente quien gobierna y, por lo tanto, el Peronismo fue y es el blanco preferido de la represión y el escarnio en sus más diversas formas, del mismo modo que lo fueron los caudillos federales en el siglo XIX. No el Marxismo ni el Socialismo, que jamás pusieron en riesgo cierto a la superestructura social, económica y cultural del Poder, sino el Peronismo. Por la sencilla e incontrovertible razón de que el Peronismo contiene a las masas de este país –al igual que los caudillos federales-, traidores incluidos. Y se transforma así en la verdadera vía para la posible Revolución Nacional.
Con este bagaje retorné a mis pagos (tiempos del dictador Lanusse) y me enrolé en la JP Regionales y en la Juventud Agraria Cooperativista. Una actividad clandestina y otra “legal”. También, con la que todavía es mi compañera y esposa, fundamos una peña folclórica parroquial: “Fogón de Tradiciones”. Por entonces y en la clandestinidad,
con mimeógrafo despachábamos unas hojitas: “El Descamisadito”, en ellas, además de artículos de neto corte político adapté a la forma de historieta la obra del Comandante Prado: “La Guerra al Malón”. En fin, que de ahí debe venir mi estilo –si es que poseo alguno- porque había que decir mucho con la menor cantidad posible de palabras. Cuando llegaban películas originadas en la Resistencia (Actualización Doctrinaria, La Hora de los Hornos, etc.) había que montar operativos de seguridad en los que la prioridad era, justamente, la película. Cuando los Monto enfrentaron a Perón, mi grupo y yo nos hicimos a un lado aunque, en nuestro pueblo, continuamos con las actividades.
Luego, volvió el oscurantismo: AAA. Por consejo de un par de amigos de la Bonaerense a los que podría decirse les debo la vida y aun la de mi familia, hube de “desaparecerme” renunciando a todas mis actividades políticas y sociales.
Pasó el Golpe y un día, un medio pariente y amigo (y “compañero”) me ofrece ser corresponsal de un periódico regional. Tomé la posta y entre el boludeo social y deportivo, comenzamos a mechar cuestiones históricas. Entre ellas, la más importante fue adaptar a la forma de historieta algunos cuentos de Félix Luna extraídos de su obra: “La Última Montonera”, cuyos textos tratan de la represión mitro-sarmientina sobre los sobrevivientes de las tropas del Chacho Peñaloza, quien fuera en su momento lugarteniente de Facundo Quiroga. Tenían un básico paralelismo con lo que se vivía con Videla y Cía.
Finalmente, acosados por circunstancias larguísimas de enumerar, hubimos de emigrar al sur-sur de la Pcia. de Buenos Aires en donde vivo hace poco más de treinta años. Aquí, ya en democracia, escribí artículos y adapté a la forma de historieta para la revista Sin Reserva, que se editaba en Viedma. Escribí cuentos, algunos de los cuales fueron editados en antologías colectivas. Así hasta llegar a la saga Juan Laguna cuyos textos 1 y 2 han sido publicados (ediciones de autor) y el 3 permanece, por ahora, en la cola. Esto es todo. Manolo Ares, que tiene varios alias, persona que dice que escribe, se acompaña con la guitarra y dibuja, todo de oídas. Es decir, un desvergonzado. ¡Salute!

 

Aventuras del Cabo Laguna

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Tal como definía Marechal, una novela es la historia de un destino completo, pero que además contiene las muertes y resurrecciones espirituales del personaje.
Porque, como en la vida, los personajes cambian su perspectiva ante los aconteceres, evolucionan o involucionan –según la visión de cada lector-, caen y se levantan o no. Nunca se bebe el mismo agua del mismo río, como sostuviera el Oscuro de Éfeso. La vida, mejor, la naturaleza, es movimiento.
De modo que la vida de Juan Laguna se desarrolla, en principio, en tres movimientos que constituyen cada uno de ellos una novelita –referido el diminutivo sólo a la extensión- y, por lo tanto, representan cada una de ellas una unidad. Contextualizadas éstas en tres diferentes momentos del acaecer histórico nacional, a saber: primera y segunda Invasiones Inglesas; y primera expedición punitiva de la Junta de Mayo al país interior por medio del llamado Ejército Auxiliar del Norte. Laguna, que en el tomo 1 es un muchachito en tránsito de la adolescencia a la primera juventud, en cada tomo va creciendo no sólo en edad sino también en conciencia.
Su pensamiento madura al amparo de la dura experiencia de la guerra y de su contacto con algunos personajes ciertos, hasta conformar una cierta visión, una casi ideología. Porque nadie escribe desde la neutralidad. La presunta objetividad es un gambito o de cobardes o de quienes acechan para dar el zarpazo.
¿Quién es Juan Laguna? En primer lugar, y disculpándome por la irreverencia que me caracteriza en algunas cuestiones, debo decir que el nombre del personaje pretende homenajear a nuestro artista plástico Antonio Berni. Espero que él sepa disculparme.

Luego, Laguna aspira a simbolizar al pueblo llano, al “pueblo que trabaja y hace la guerra” como escribiera un pensador argentino. O también, “…a los que por devoción hacían la Patria, y por diversión hacían la guerra”, tal un poeta nacional. Desde luego que al tratarse de un destino históricamente contextualizado, aparecen en los textos personajes reales y muy conocidos tales como Liniers, Pueyrredón, Beresfod, etc. Pero también reales fueron Lorenzo López, Simón Luengo, la llamada Tucumanesa, etc., gente del común, tales como los ficticios Serviliano Flores, Prudencio Querejeta o el Indio Celedonio que son, junto a Laguna, los verdaderos protagonistas de los hechos.

En general, podría decirse que nuestra historia se estudia y aun ficcionaliza desde el procerato, rara avis son las historias narradas desde el abajo. Por tal motivo, estimo, las grandes convulsiones sociales, los movimientos masivos de nuestra historia han sido tratados desde el mismo origen de la nación, tanto por las clases pudientes y sus partenaires y voceros cuanto, en general, por la intelectualidad de variada extracción ideológica, los presuntos informadores, escritores, y ainda mais –como decía don Arturo- salvo excepciones, tratados digo como una cosa extraña, ajena, como un submundo al que, como no cuadra a sus intereses y cánones mentales, califican con los más desgraciados epítetos. ¿De dónde salieron éstos?, se preguntan, y como ni sus supuestos conocimientos de la realidad histórica, ni su academicismo y bibliotecas, les dan una respuesta, abjuran de ellos y los condenan a la oscuridad. El problema es que existieron (y existen), que fueron (y son) una realidad, y a la realidad resulta imposible taparle con la frazada corta de los prejuicios. Salvador Ferla, pensador, historiador y escritor nacional, escribió alguna vez que si desde la visión de los pobres se descubrió al Dios verdadero –refiriéndose a Cristo-, pues, desde esa misma visión puede también descubrirse la verdadera historia.

He intentado además, rescatar del olvido a diversos poetas y escritores, en especial, del interior argentino. Comenzando por Bartolomé Hidalgo, porque si alguien como él pudo, en los inicios del siglo XIX, escribir: Por qué naides sobre naides ha de ser superior, estaba preanunciando al Martín Fierro. Y cuando dijo: Desde el principio, Contreras,/esto ya se equivocó;/ de todas las provincias/ se empezó a hacer distinción.

Se estaban viniendo los caudillos federales cuando esto casi era todavía el Virreinato del Río de la Plata. Pero a Hidalgo, la superestructura cultural ¿argentina?, lo mantiene escondido en La Gauchesca, un género menor. Se les jodió con Hernández, pues el Martín Fierro sí que les dio y les da trabajo. ¡Salute! Manolo.